Quién nos iba a decir en los albores de la historia humana que el Fin del Mundo sería así. Mucho se habló en las mitologías sobre éste día, en que dioses y demonios volverían y mantendrían épicas batallas, concluyendo así las cuentas pendientes de toda la humanidad. Muchas profecías se esgrimieron, atendiendo a cada fin de siglo y milenio, coqueteando con el morbo que produce la idea.

Pero este final es triste, más triste que cualquiera que una mente primitiva pudiera concebir. Qué ingenuos eran nuestros ancestros, aislados en la Madre Terra, borrachos de calidez y fertilidad, desnudos de mecanismos, y de genoma virgen, trabajado éste artesanalmente por megamilenios de evolución natural. Y qué lejos quedan ya la Guerra de Independencia de Marte y las interplanetarias, que a punto estuvieron de acabar con todo rastro de la vida conocida hasta entonces.

Hace 36 ciclos, Terra 1 fue finalmente evacuada. La ausencia casi total de atmósfera, y de medios para crear una nueva, unida al inminente impacto de su satélite sobre ella, hacen totalmente inviable cualquier recuperación o reciclaje del Planeta Original. De momento, los últimos terrestres serán enviados a Terra Nova, uno de los pocos planetas para los que están genéticamente preparados, y más tarde serán deportados según sus aptitudes.

Hoy, nuestro sector más nostálgico y el de todos los lugares donde existen seres de raza terrestre, nos hemos unido al visionado del último aliento del planeta, tal vez por los datos almacenados en nuestra Memoria Colectiva, tal vez para perder para siempre lo que en el fondo son nuestras raíces más profundas.
Los datos indican que 186 personas permanecerán sobre el planeta hasta el final, y es que allí abundan los terrestres de versiones demasiado obsoletas como para controlar sus pasiones, mano de obra en su mayoría.

Llega el momento. La Luna ha empezado a atraer la abundante chatarra espacial junto con la escasa agua terrestre, y la escoria de la superficie de ambas se entremezcla en una nube blanquecina. En unos instantes el satélite parece hundirse en las capas más blandas del planeta, y poco después el conjunto empieza a oscurecerse, resaltándose aquí y allá destellos eléctricos que parecen expresar la tremenda violencia del impacto.

Ahora, mientras veo apagarse lentamente las grietas y nubes de lava sobre el negro cadáver, noto que mi visión se vuelve borrosa, mis orificios nasales se han humedecido, y una cálida gota de agua recorre mi mejilla. Con estupor, compruebo a través de la red neuronal que no soy el único del planeta, ni siquiera de la galaxia, que está llorando por la Madre Tierra.